Tengo la costumbre de planificar mis lecturas: busco información del autor, leo reseñas y sopeso cuál de las varias opciones se ajusta mejor a mi estado de ánimo. Esta vez, bajé a la tienda de libros de segunda mano que está debajo de casa un poco turbada. El fin de semana había sido intenso, bronca familiar. Dados los acontecimientos recientes, este título me llamó la atención. Irse de casa de Carmen Martín Gaite, o la Gaite, como la llama Rafael Chirbes en sus diarios.
Como no conocía nada sobre este libro, los primeros capítulos fueron un poco desconcertantes. La historia la cuenta un narrador en tercera persona que utiliza a menudo la técnica de flujo de consciencia. En cada capítulo toma el punto de vista de un personaje nuevo, que de una forma más directa o más remota, está relacionado con el resto de protagonistas. A medida que el lector avanza, entiende la dinámica y va establenciendo las conexiones entre cada uno de ellos.
Aunque se aprecia muy poca jerarquía entre los acontecimientos que se narran, el hilo argumental pivota alrededor de Amparo Miranda, una mujer que emigró junto con su madre a Nueva York hace más de cuarenta años y ahora sorprende a su entorno neoyorquino con un viaje a su ciudad natal. Amparo vuelve para pasear desapercibida por la ciudad que más amaba y mejor conocía, la que menos la quiso y la conoció a ella tras pasarse la vida intentando no llamar la atención, haciendo lo que se espera de ella y dando un portazo a todo intento de intimidad como medida de protección. Este hermetismo parece que proviene de la fría relación que tiene con su madre. En esta novela se pueden entrever las secuelas del conflicto familiar. No del tipo escandaloso o estridente. Más bien del lastre que acompaña cuando no se dicen las cosas. El conflicto familiar que si no te ataja, puede volverse parte de uno mismo.
Son muchas las referencias que se hacen al mundo del cine y del teatro. De hecho, la historia configura el guión de una película que Jeremy se propone filmar sobre la vida su madre, Amparo Miranda.
Tal es el efecto que pensando en un fragmento concreto me sorprendí refiriéndome a él como la "escena" de las señoras tomando la merienda en la terraza del hotel Excelsior.
En algún capítulo la autora incluso juega con el reparto de actores principales y secundarios, dependiendo del grado de agencia que toman sobre su propia vida.
"Una de las puertas del armario tenía espejo por dentro y la visión de lo reflejado, además de dotar a la escena de cierta irrealidad, invertía los papeles del reparto. Resultaba evidente que la voz cantante de aquella representación (perteneciente si duda al género teatral del absurdo) le tocaba llevarla a la chica recia y de sólida pantorrilla con uniforme azul entallado que estaba situada de pie en primer término, crecida ante el empeño de sustituir a la actriz principal que ha sufrido un síncope. Rufina se miró de reojo y se vio bien plantada, un rictus de descaro en la boca, capaz de cualquier réplica, en contraste con aquella figura evanescente del fondo que presentaba síntomas de extenuación."
De forma tangencial pero narradas con el mismo talento, el resto de personajes luchan sus propias batallas:
matrimonios frustrados, la homosexualidad en los años cincuenta, las aspiraciones de un joven romántico en el mundo del teatro, el encuentro con la mediocridad de uno mismo, el peligro de tomarse en serio el chisme, la muerte inesperada...
A través de una serie de actores secundarios conocemos el pasado y el presente de Amparo, que acaban por reconciliarse. Al final de la novela, se funde el comportamiento de Amparo con el guión que está reservado para ella, parece que el momento en el que se rebela contra él es el mismo en el que queda escrito.
Irse de casa es un libro perfectamente ensamblado y que consigue transmitir la individualidad de cada personaje con apenas unas pocas líneas. Cuando terminé de leerlo, tuve esa sensación gratificante y un poco meláncolica de haber leído un buen libro.
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